Vivimos en un mundo en constante transformación, donde las mujeres ganamos cada vez más espacio en escenarios históricamente dominados por el patriarcado. Gracias a las luchas feministas, a la valentía colectiva, a las voces que se han alzado —incluso con dolor y sacrificio— hoy podemos ver a mujeres liderando gobiernos, empresas, familias y proyectos con libertad y determinación.
Me llena de orgullo ver lo lejos que hemos llegado. El hecho de que hoy una mujer pueda ser presidenta, CEO, jefa de familia o simplemente tomar decisiones sobre su vida sin permiso de nadie, es una conquista inmensa. Hemos demostrado que alzarnos y defender nuestra autonomía transforma realidades.
Pero hay otra cara de esta historia que también merece atención. Hoy, cuando una mujer sobresale, muchas veces es impulsada de inmediato al lugar del “empoderamiento” sin preguntarle si realmente quiere estar ahí. Se asume que si destaca es porque está luchando contra el patriarcado, porque quiere “romper el techo de cristal”, liderar, vencer. Pero… ¿y si no es así?
¿Qué pasa si esa mujer solo quiere ir a la par? Ni más ni menos. No busca dominar ni ser dominada. Solo caminar al lado, en equilibrio.
Tal vez, si le hubieran preguntado, habría dicho: “No necesito que me empoderen más. No estoy en guerra. Solo quiero ser yo, sin presión de ningún lado.” Y en esa sobrevaloración del empoderamiento, sin espacio para la escucha, a veces corremos el riesgo de lograr lo contrario: sustituir una imposición por otra.
La historia está llena de ejemplos que nos inspiran: en el Antiguo Egipto, las mujeres podían heredar tierras y participar activamente en la vida política y religiosa —Cleopatra VII es un claro ejemplo. En las sociedades minoicas, el poder femenino era central. En los reinos africanos como Dahomey, existían cuerpos de élite femeninos, guerreras que protegían su nación.
Este post no es una crítica al feminismo —al contrario, le debemos mucho. Es una invitación a abrir el espectro, a dejar de pensar solo en extremos. A reconocer que existen muchas formas legítimas de ser mujer hoy. Que no todas tenemos que encajar en moldes, etiquetas o luchas externas para sentirnos completas.
Porque tal vez, la verdadera libertad está en poder decir: “No quiero ser más ni menos. Quiero caminar contigo, a la par.” Tuve la fortuna de crecer con ambas dualidades y me hicieron una mujer completa, logrando la integración de ambos mundos.
¿Y tú, cómo experimentas el equilibrio entre tu historia personal y las narrativas sociales que nos rodean?