En un mundo donde la Inteligencia Artificial se ha convertido en un integrante más de nuestros entornos laborales y personales, nos enfrentamos a una realidad inquietante: la IA, en su versión actual, tiene apenas 9 años de existencia, y ChatGPT fue lanzado al público hace 1 año y medio ¿pero pueden imaginar dónde estará en cinco o diez años? Su avance no solo ha revolucionado la tecnología, sino que ha creado un verdadero caos en la humanidad o, dicho en palabras más coloquiales, vino a alborotar el hormiguero de los humanos.
Las preguntas sobre la IA son constantes y diversas:
- ¿Lo que me dice es real?
- ¿Las fuentes son verídicas?
- ¿Puede ser un refugio emocional?
- ¿Puede aconsejarme sobre mi entorno laboral?
Pero más allá de estas dudas, la verdadera pregunta no es por qué la usamos, sino qué dice esto de nuestras relaciones humanas.
La Inteligencia Artificial como refugio emocional: ¿Por qué nos sorprende?
Uno de los principales usos de la IA ha sido técnico, pero lo que ha desconcertado a muchos es que se está convirtiendo en un refugio emocional. Como alguien que proviene del área de la salud, donde la pandemia silenciosa de la salud mental lleva años en crecimiento, esto no me sorprende. No soy psicóloga, pero he trabajado de cerca con pacientes con diversas patologías, y algo que he observado es que, en la mayoría de los casos, hay algún tema relacionado con la salud mental: ansiedad, depresión, hiperactividad, entre otros.
Esto no es algo malo; es simplemente parte de ser humanos en un mundo cambiante y lleno de estímulos emocionales. Sin embargo, en lugar de aceptarlo, hemos aprendido a vivir con prejuicios. Nos tememos unos a otros. Nos juzgamos por ser diferentes, por padecer depresión, por ser ansiosos, o por cualquier característica que no encaje en los moldes que la sociedad dicta.
La IA no es el problema; es un reflejo del vacío
Entonces, ¿por qué nos sorprende tanto que las personas busquen apoyo en una IA? No es la IA quien está creando el vacío emocional; somos nosotros los que hemos permitido que exista. Nos hemos acostumbrado a interactuar superficialmente:
- Vivimos para encajar en entornos familiares, laborales o sociales.
- Creamos conexiones para sobresalir, no para entendernos como humanos.
Tememos mostrar nuestra vulnerabilidad, ser juzgados o simplemente no encajar. Y como resultado, buscamos en la IA lo que no encontramos en otros seres humanos: un espacio sin juicio, sin interrupciones y sin rechazo.
La gran pregunta: ¿Qué vamos a hacer al respecto?
Si la IA está llenando este vacío, es porque nosotros hemos dejado que crezca. Entonces, la pregunta que deberíamos hacernos no es:
- ¿Por qué las personas usan la IA para desahogarse o encontrar apoyo emocional?
Sino:
- ¿Qué necesitamos hacer para construir conexiones más reales y menos superficiales?
¿Queremos seguir intentando encajar a la fuerza en entornos donde prima la competencia y la desconexión? ¿O nos detendremos a pensar que la IA nos está mostrando una gran área de oportunidad para recuperar nuestra humanidad?
Podemos ser mejores
La IA no debe ser nuestra competencia ni nuestro reemplazo emocional; debe ser un recordatorio de lo que hemos perdido: la capacidad de escucharnos, entendernos y conectarnos como seres humanos.
Podemos crear entornos donde:
- Nadie tenga que elegir entre una IA y un ser humano que no escucha.
- Las personas puedan ser vulnerables sin miedo al juicio.
- La empatía, el respeto y la verdadera escucha sean la norma, no la excepción.
La IA ha abierto nuestros ojos; ahora nos toca a nosotros actuar. Podemos ser mejores. Podemos volver a lo esencial: ser humanos para otros humanos.